'SIRENA Y PUNTO' : Una caricia a la nostalgia y un canto a la libertad de soñar





Hay obras de teatro que logran destacar gracias a una actuación memorable, a una dirección especialmente acertada o a algún elemento creativo que consigue sorprender al espectador. Sin embargo, son pocas las puestas en escena en las que actuación, dirección, iluminación, escenografía y música consiguen caminar en la misma dirección, complementándose de manera natural hasta convertirse en un solo lenguaje escénico.“Sirena y Punto” pertenece a ese grupo de propuestas donde cada pieza encuentra su lugar y donde el trabajo de todo un equipo termina construyendo un espectáculo de gran calidad, sensible, divertido y profundamente entrañable.

“Sirena y Punto” tiene la capacidad de llevarnos de regreso a un lugar que creíamos olvidado: la infancia. Ese territorio donde una caja puede convertirse en un barco, una puerta puede abrir paso a mundos imaginarios y una amistad puede sentirse como el acontecimiento más importante de la vida.

Fotografía por Charly Duchanoy ©

La historia de “Sirena y Punto” nos lleva al reencuentro de Juana y Andrés, quienes, después de varios años, vuelven a encontrarse y deciden regresar a aquellos juegos que marcaron sus primeros años de vida. Entre canciones, recuerdos y aventuras, ambos recuperan ese universo que alguna vez construyeron juntos, cuando la imaginación era suficiente para transformar cualquier objeto en el escenario de una nueva historia.

Fotografía por Charly Duchanoy ©

En medio de este viaje por la memoria aparece un pequeño teatro de cartón que se convierte en la puerta de entrada a su pasado. A través de él reconstruyen la historia de Andrés, un niño que soñaba con convertirse en sirena, y de Juana, su amiga inseparable, quien siempre encontró la manera de acompañarlo y creer en sus sueños, incluso cuando parecían imposibles para los demás.

Fotografía por Charly Duchanoy ©

Así, lo que comienza como un juego termina revelando una historia sobre los vínculos que nos acompañan a lo largo de la vida y sobre la importancia de conservar la libertad para imaginar y elegir quién queremos ser.“Sirena y Punto” celebra la amistad, la fantasía y el derecho de cada persona a construir su propia identidad, recordándonos que algunos sueños de la infancia nunca desaparecen por completo: simplemente esperan el momento adecuado para volver a cobrar vida.

Fotografía por Charly Duchanoy ©

Entre recuerdos, “Sirena y Punto” nos presenta a Juana, una niña de 8 años interpretada por Luz Aldán, y Andrés, un niño de 7 años al que da vida Marcos Radosh. Ambos personajes se encuentran en ese maravilloso momento de la vida en el que el mundo todavía está lleno de posibilidades y cualquier aventura puede convertirse en una historia extraordinaria. A través de sus juegos, ocurrencias, sueños y travesuras, los dos protagonistas construyen una entrañable amistad que poco a poco hace que el espectador también se involucre emocionalmente con ellos.

Fotografía por Charly Duchanoy ©

Basada en el libro de Sergio Andricaín y Diego Josué Gontorr, “Sirena y Punto” llega al escenario con una adaptación de Reynolds Robledo, quien realiza un trabajo especialmente acertado al trasladar la esencia de la historia al lenguaje teatral. Su propuesta encuentra una manera muy particular de narrar los acontecimientos, permitiendo que cada escena tenga su propio ritmo y que el público pueda conectar con las emociones de estos dos pequeños personajes. Hay momentos en los que la imaginación infantil toma el control y otros en los que, detrás de una aparente travesura, aparece una emoción mucho más profunda.

Uno de los grandes aciertos de la puesta en escena es precisamente la manera en que consigue hablarnos desde la infancia sin tratar al espectador como un niño. La historia tiene una lectura sencilla y luminosa, pero también guarda pequeños detalles capaces de tocar fibras muy personales. Por eso, si creciste durante los años 80s o 90s, esta obra sin duda es para ti. Hay algo en su universo que despierta recuerdos, sensaciones y esa nostalgia por una época en la que la diversión podía surgir de los objetos más simples y en la que la imaginación era suficiente para transformar cualquier rincón en un escenario de aventuras.

Fotografía por Charly Duchanoy ©


El trabajo de Luz Aldán y Marcos Radosh merece una mención especial. Ambos consiguen construir personajes infantiles llenos de espontaneidad, energía y sensibilidad, haciendo que Juana y Andrés se sientan cercanos y auténticos. Sus interpretaciones encuentran el equilibrio entre la picardía propia de los niños y los momentos de mayor vulnerabilidad. La química entre ambos es fundamental para que la amistad que vemos sobre el escenario resulte creíble y entrañable, y juntos forman un pequeño universo en el que el público puede reconocerse o recordar a alguien de su propia infancia.

Fotografía por Charly Duchanoy ©

Visualmente, la propuesta encuentra belleza precisamente en la sencillez. El diseño de escenografía de Eduardo Soto es otro de los grandes aciertos de esta producción. Con telones, cajas que evocan troncos, una puerta y un escenario que parece construido de cartón, se crea un espacio que puede transformarse frente a nuestros ojos. No hace falta una gran maquinaria escénica para entrar en el mundo de Juana y Andrés; basta con permitir que la imaginación haga su parte. Así, cada elemento adquiere una nueva posibilidad y el escenario termina convertido en el territorio donde estos dos niños comparten secretos, juegos, sueños y aventuras.


Fotografía por Charly Duchanoy ©

A esta propuesta visual se suma el diseño de iluminación de María Vergara, que contribuye a darle diferentes matices a cada momento de la historia. La luz acompaña las emociones, transforma el espacio y ayuda a marcar esos cambios entre la realidad y el universo imaginativo de los protagonistas. Por su parte, la música original de Eduardo Soto complementa de manera sensible la puesta en escena y se convierte en un elemento que ayuda a mantener vivo ese espíritu de aventura, fantasía y nostalgia que recorre la obra.

Fotografía por Charly Duchanoy ©

Pero quizá uno de los mayores méritos de “Sirena y Punto” está en su capacidad para provocar emociones sin forzarlas. La obra puede arrancarnos una carcajada con las ocurrencias de sus personajes y, unos minutos después, llevarnos hacia un momento de enorme ternura. Es precisamente en esos cambios donde la propuesta encuentra su corazón. Es una historia que puede llevarte de la risa a la ternura y que, sin darte cuenta, puede hacer que más de uno termine soltando alguna lágrima.




Fotografía por Charly Duchanoy ©

En tiempos en los que muchas veces buscamos espectáculos cada vez más grandes y espectaculares, “Sirena y Punto” demuestra que el teatro también puede conmovernos desde la imaginación, la sencillez y una maravillosa historia perfectamente bien contada. La obra recupera ese lenguaje que todos alguna vez hablamos: el de inventar mundos, convertir objetos cotidianos en grandes aventuras y encontrar en un amigo el compañero perfecto para hacer que cualquier día sea extraordinario.

Fotografía por Charly Duchanoy ©

“Sirena y Punto” es, en esencia, una invitación a volver por un momento a ese lugar donde fuimos niños. A recordar que alguna vez tuvimos siete u ocho años, que también tuvimos secretos, juegos y amigos inseparables, y que nuestra imaginación podía convertir cualquier cosa en una aventura. Una experiencia teatral cálida, divertida y nostálgica que puede disfrutarse tanto desde la mirada de un niño como desde los recuerdos de un adulto.

Fotografía por Charly Duchanoy ©

La puesta en escena se presenta los martes a las 20:30 horas en La Teatrería, hasta el 20 de octubre, convirtiéndose en una opción ideal para quienes buscan una historia cercana, con un gran trabajo actoral y una propuesta escénica capaz de despertar emociones. Porque al final, “Sirena y Punto” no solamente habla de dos niños: también nos habla de quienes fuimos y de esa parte de nosotros que, pese al paso del tiempo, todavía disfruta imaginar que detrás de una puerta puede comenzar una gran aventura.

Fotografía por Charly Duchanoy ©



COMENTA LA NOTICIA