“La Cápsula”, el unipersonal protagonizado por Ignacio Riva Palacio, es una de esas propuestas que apuestan por la fuerza de la palabra y por la capacidad del actor para convertir una experiencia aparentemente íntima en una reflexión que alcanza al público.
Sin requerir un gran despliegues escénico para conseguir que el espectador se quede atrapado a esta historia, basta un gran actor que hace de este texto , un cuestionamiento con preguntas incómodas en un espacio que permite que cada palabra encuentre su lugar.
Fotografía por Charly Duchanoy ©

“La Cápsula” nos coloca frente a un momento límite en la vida de un hombre: la necesidad de acompañar a su padre cuando ambos saben que el tiempo que les queda juntos es reducido. Lo que comienza como una situación aparentemente concreta termina convirtiéndose en un recorrido por los recuerdos, las ausencias y los sentimientos que durante años permanecieron guardados entre ellos.
Fotografía por Charly Duchanoy ©
A través de este encuentro, la obra explora la complejidad de los vínculos familiares y aquello que ocurre cuando llega el momento de mirar de frente todo lo que quedó pendiente. Entre momentos de humor, sensibilidad y reflexión, el protagonista reconstruye fragmentos de su historia mientras intenta entender a su padre, entenderse a sí mismo y encontrar una manera de cerrar un ciclo que ha estado marcado tanto por el afecto como por las heridas.
Fotografía por Charly Duchanoy ©
Más allá de abordar temas como la vejez, la despedida y la posibilidad de elegir sobre el propio final, “La Cápsula” propone una reflexión sobre el tiempo que compartimos con quienes amamos y sobre esas palabras que solemos postergar. La obra invita al espectador a preguntarse qué pasaría si tuviera una última oportunidad para decir aquello que nunca se atrevió a expresar.
Fotografía por Charly Duchanoy ©
El texto, escrito por Diego Casado Rubio, se convierte en uno de los principales motores de la puesta en escena. Lejos de depender de una sucesión de acontecimientos espectaculares, la obra construye su fuerza a partir de aquello que ocurre en el interior de su protagonista y de las ideas que van apareciendo conforme avanza la historia. Casado Rubio plantea un material que permite transitar por distintas emociones y, al mismo tiempo, invita al espectador a formular sus propias preguntas. Es un texto que encuentra su mayor virtud en la posibilidad de generar conversación interior, de provocar silencios y de dejar resonando determinadas ideas incluso después de abandonar la sala.
Fotografía por Charly Duchanoy ©
En un montaje de estas características, donde prácticamente todo el peso narrativo descansa sobre un solo intérprete, la actuación adquiere una responsabilidad enorme. Ignacio Riva Palacio asume ese desafío y sostiene la obra con una presencia escénica que permite que el público permanezca atento a cada movimiento, cada pausa y cada cambio de intención. Su trabajo demuestra que un unipersonal no necesita multiplicar personajes ni recurrir a artificios para mantener la atención: cuando el intérprete consigue establecer una comunicación directa con la butaca, el escenario puede transformarse en un universo completo.
Fotografía por Charly Duchanoy ©
La dirección de Diego del Río contribuye a que esa relación entre actor y espectador se mantenga como el centro de la experiencia. Su propuesta evita sobrecargar la puesta y permite que el texto respire. Hay una claridad en la manera de conducir la historia que favorece que el público pueda concentrarse en lo verdaderamente importante: lo que se dice, lo que se calla y aquello que se transforma en el personaje a lo largo de la función. Del Río entiende que, en una obra de esta naturaleza, dirigir también significa saber cuándo dejar que el actor y el texto hablen por sí mismos.
Fotografía por Charly Duchanoy ©
Uno de los aciertos del montaje se encuentra precisamente en su escenografía, atribuida a Emilio Zurita, que apuesta por la sencillez sin que eso signifique carencia. Por el contrario, los elementos presentes sobre el escenario resultan suficientes para construir el universo que necesita la obra. La propuesta escenográfica demuestra que un espacio teatral no tiene que estar saturado de objetos para ser significativo; en ocasiones, reducir los elementos permite que la imaginación del espectador complete aquello que no está físicamente frente a sus ojos.
Fotografía por Charly Duchanoy ©
Esa aparente simplicidad termina convirtiéndose en una aliada del relato. El escenario no compite con Ignacio Riva Palacio ni intenta robar protagonismo a las palabras de Diego Casado Rubio. Todo parece estar dispuesto para que la atención permanezca sobre el personaje y sobre el conflicto que enfrenta. Es una decisión estética que funciona particularmente bien dentro de un unipersonal, porque permite que el espacio vaya adquiriendo nuevos significados conforme avanza la narración.
Fotografía por Charly Duchanoy ©
Otro elemento que contribuye a crear esta atmósfera es la música de Andrés Penella, que funciona como un acompañamiento sensible para el desarrollo de la historia. Su presencia no se percibe como un elemento aislado, sino como parte de la construcción emocional de la puesta. La música ayuda a marcar determinados momentos, a modificar la percepción del espacio y a acompañar los estados internos del protagonista, logrando que aquello que sucede en escena también tenga una dimensión sonora que envuelve al espectador.
Fotografía por Charly Duchanoy ©
“La Cápsula” encuentra así un equilibrio interesante entre actuación, dramaturgia, dirección, espacio y música. Cada elemento cumple una función concreta y, en lugar de competir entre sí, termina reforzando la experiencia general. Esa integración es especialmente importante en una propuesta unipersonal, donde cualquier exceso podría distraer del núcleo de la historia. Aquí, la austeridad de recursos se convierte en una herramienta para concentrar la mirada y permitir que la imaginación haga buena parte del trabajo.
Fotografía por Charly Duchanoy ©
Pero quizá uno de los mayores atractivos de la obra sea la posibilidad de que cada espectador establezca una relación distinta con lo que ocurre frente a sus ojos. El teatro también puede ser un espacio para cuestionarnos, para reconocer emociones que creíamos ajenas o para mirar desde otra perspectiva situaciones que forman parte de nuestra propia realidad. “La Cápsula” utiliza el formato del unipersonal para construir justamente ese encuentro cercano, casi confidencial, entre quien está sobre el escenario y quienes observan desde la oscuridad de la sala.
Fotografía por Charly Duchanoy ©
La propuesta de Diego Casado Rubio, llevada a escena bajo la dirección de Diego del Río y defendida actoralmente por Ignacio Riva Palacio, consigue demostrar que el tamaño de una producción no determina la dimensión de una experiencia teatral. Con pocos elementos, pero con una apuesta clara por el texto, la actuación y la atmósfera, “La Cápsula” encuentra una manera efectiva de involucrar al público y mantenerlo dentro de su universo durante toda la función.
Fotografía por Charly Duchanoy ©
“La Cápsula” se presenta los viernes y sábados a las 20:30 horas en el Foro Shakespeare, ubicado en Zamora 7, colonia Condesa, alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México, con funciones programadas hasta el 19 de diciembre. Los boletos pueden adquirirse directamente en taquilla o a través de la página oficial del Foro Shakespeare.
Por Charly Duchanoy para Boy4ME

https://www.instagram.com/charlyduchanoyfoto/