‘EL CANTO DE LOS GRILLOS’: Cuando la justicia se pierde entre el dolor y la necesidad de sanar





“El canto de los grillos”, es una obra que se adentra en las heridas que deja la impunidad y en las consecuencias que aparecen cuando las instituciones son incapaces de responder ante el dolor de quienes buscan justicia.

Presentada por Paulina Soto Oliver, a través de En su tinta producciones, y Cecilia Tamayo, la puesta en escena cuenta con la dirección de Bruno Bichir, quien regresa a la silla de director impulsado por la fuerza de un proyecto que pone sobre la mesa dilemas profundamente humanos. La obra no pretende dictar una sentencia sobre sus personajes, sino permitir que sus decisiones, contradicciones y emociones confronten al público con una realidad en la que justicia, reparación y venganza pueden llegar a confundirse peligrosamente.

Fotografía por Charly Duchanoy ©

La historia tiene como punto de partida a Catalina, una mujer que vive con la certeza de saber quién se llevó a su hija y con la frustración de haber comprobado que los mecanismos de justicia no fueron capaces de mantener al responsable tras las rejas. Ante un sistema que no respondió como debía, Catalina queda atrapada en una pregunta devastadora: ¿qué puede/debe hacer una persona cuando la ley no consigue reparar aquello que le fue arrebatado?

Fotografía por Charly Duchanoy ©

Es entonces cuando una casa se convierte en el escenario de una noche determinante. Cuatro mujeres se enfrentan a una circunstancia extrema, y lo que inicialmente podría parecer una búsqueda de respuestas comienza a transformarse en un encuentro con sus propios límites. El encierro funciona como una especie de espejo donde aparecen el miedo, la rabia, la culpa, la compasión y también la posibilidad de encontrar una forma distinta de enfrentar el dolor. Conforme avanza la noche, las certezas comienzan a desmoronarse y las diferencias entre castigar, vengarse, comprender y sanar se vuelven cada vez más difíciles de distinguir.

Fotografía por Charly Duchanoy ©

La dramaturgia de Valeria Fabbri construye un relato que apuesta más por las emociones y las preguntas que por los discursos evidentes. El texto permite que el conflicto se desarrolle desde la intimidad de sus personajes y hace que el público cuestione, aunque sea de manera incómoda, su propia postura. ¿Hasta dónde puede llegar alguien que ha sido víctima? ¿Es posible hablar de justicia cuando el sistema ha fallado? ¿La venganza consigue realmente cerrar una herida o solamente abre otra?

Fotografía por Charly Duchanoy ©

Uno de los grandes aciertos del montaje está en comprender que esta historia no necesita únicamente de las palabras para transmitir lo que sucede. La propuesta incorpora movimiento, música, silencios y corporalidad para construir una experiencia cercana a un ritual escénico. La dirección de dramaturgia corporal de Vivian Cruz aporta una dimensión física que permite que aquello que los personajes no pueden expresar verbalmente también encuentre una vía de salida. Los cuerpos hablan, reaccionan, se tensan y revelan aquello que permanece escondido detrás de las palabras.

Fotografía por Charly Duchanoy ©

La propuesta sonora de Luis Cardoso desempeña un papel fundamental. A ello se suman la escenografía e iluminación de María Vergara, elementos que contribuyen a convertir la casa en mucho más que un espacio físico: es un territorio emocional donde los personajes quedan expuestos y donde cada cambio de luz parece modificar la percepción de lo que estamos presenciando.

El vestuario de Fernanda García completa este universo escénico y la puesta en escena encuentra así una estética propia, capaz de sostener el peso de una historia que podría resultar devastadora si fuera abordada desde una perspectiva exclusivamente realista.

Fotografía por Charly Duchanoy ©

Para Bruno Bichir, volver a dirigir con esta producción significó aceptar el desafío de una historia que, además de su fuerza dramática, plantea cuestionamientos sobre la sociedad que hemos construido. El director ha señalado que fue la energía de un grupo de creadoras y su búsqueda de justicia lo que lo llevó a involucrarse en el proyecto, así como las preguntas que surgen alrededor de aquello que debemos transformar para aspirar a una sociedad distinta, más sensible y consciente. Esa inquietud se percibe en un montaje que no busca aleccionar, sino provocar reflexión.

Fotografía por Charly Duchanoy ©

El elenco conformado por Cecilia Tamayo, Paulina Soto Oliver, Susi Estrada, Jimena Guerra y Adriana Hernández enfrenta un material que exige intensidad y contención al mismo tiempo. Son personajes que cargan historias, heridas y decisiones difíciles, por lo que el trabajo actoral necesita encontrar un equilibrio entre la fuerza del conflicto y los momentos de fragilidad. El encuentro entre estas cinco intérpretes permite que la tensión crezca paulatinamente, hasta convertir la noche que comparten sus personajes en un espacio donde todo puede cambiar.

Fotografía por Charly Duchanoy ©

Uno de los mayores méritos de “El canto de los grillos” es que no presenta la justicia como un concepto absoluto y sencillo. La obra entiende que, cuando una persona ha sido golpeada por una pérdida irreparable y después se encuentra con la indiferencia o ineficacia de las instituciones, sus emociones pueden conducirla hacia lugares inesperados. Por eso el espectador no permanece completamente ajeno: inevitablemente comienza a preguntarse qué haría en una situación semejante y dónde colocaría sus propios límites.

Fotografía por Charly Duchanoy ©

La puesta en escena también habla de la necesidad de sanar, aunque hacerlo no signifique olvidar ni minimizar el daño. Entre la rabia y el deseo de reparación aparece la posibilidad de comprender que el dolor puede transformar a una persona, pero también puede convertirse en una prisión. En ese territorio ambiguo se encuentra buena parte de la fuerza de la obra: no ofrece una salida cómoda, sino una experiencia que obliga a mirar de frente aquello que preferimos mantener oculto.

Fotografía por Charly Duchanoy ©

“El canto de los grillos” es, en suma, una propuesta teatral intensa que utiliza la intimidad para hablar de un problema colectivo. Su combinación de dramaturgia, actuación, movimiento, música, iluminación y espacio escénico construye una experiencia que va más allá de contar una historia: busca generar una conversación con el público sobre la impunidad, la pérdida, la responsabilidad y la posibilidad de reconstruirnos después de una herida.


La obra se presenta hasta el 18 de noviembre en el Foro Shakespeare, con funciones martes y miércoles a las 8:00 de la noche. Los boletos pueden adquirirse directamente en la taquilla del recinto y a través de la página oficial del Foro Shakespeare.





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