La playa nudista - Salvador Núñez en Boy4ME





Todos tenemos esa que consideramos la mejor etapa de nuestra vida. Y no es que después de ella nada haya sido maravilloso, pero estas etapas se quedan en nuestro recuerdo y tendemos a idealizarlas por siempre. Me refiero a esos momentos, períodos de tiempo en los que todavía éramos muy jóvenes, no teníamos tantas responsabilidades y nos resultaba más difícil abandonarlo todo y aventurarnos a volver a empezar en un nuevo lugar. El ingrediente principal para hacer magia de estos momentos siempre es disfrutar el factor sorpresa.


Salí huyendo de México por cuestiones del corazón, ninguna arritmia ni nada por el estilo, simplemente una de esas cagadas que uno siempre da de joven, de las que uno aprende mucho y que en ocasiones nunca llega a superar del todo. Pero de eso no voy a platicar hoy. Hoy me toca revivir mi primer visita a una playa nudista.


Siempre he sido de espíritu libre y encuerado, sin embargo, por más que ese sea nuestro espíritu, tenemos caretas, prejuicios, inseguridades, ideas que nos compramos de otras personas y que nos impiden disfrutar plenamente de nosotros mismos, de nuestra propia locura.


Con 25 años me fui a vivir a Miami, a South Beach. Ese año fue un parteaguas en mi vida. En ese año me descubrí, aprendí a conocerme. Cuando uno suelta todas sus resistencias, agarra unos calzones limpios y se mueve de lugar, todo cambia. Mi prima me invitó a pasar unas semanas con ella y desde el momento en que pisé esa isla, todo fluyó deliciosamente. Me ofrecieron trabajo caminando por la calle y lo tomé, un amigo que recién conocí al llegar, el negro Apolinaris, se ofreció a conseguirme un departamento en renta en su mismo edificio y le tomé el favor, me vi al espejo y me dije: Salvador, ¿quieres cambiar tu vida, esa que te apesta y con la que ya no sabes qué hacer? Entonces, también me tomé la palabra. El chiste es aceptar los retos, aprender a aceptar favores, soltar y confiar. Varios meses fueron un verdadero paraíso experimentando un nuevo lugar, nueva gente y una parte de mi que no conocía. Tenía trabajo, dinero, amigos y mucho tiempo libre.

Trabajaba en un restaurante, todo un alegre y aventurero mesero ilegal con un “social security number” falso, pero con una juventud, una alegría y unas nalguitas que todos volteaban a ver y me traían gente a las mesas y muy buenas propinas. Lo siento, cada quien tiene sus encantos y de esos también hay que sacar provecho antes de que se caigan (cosa que hasta el día de hoy, casi quince años después, ¡no ha sucedido!).

Un día todo empezó a dejar de fluir en el restaurante y de la nada me corrieron. Pero yo, con mi nueva actitud de felicidad y tranquilidad me dije: ¡más tiempo libre! ¡maravilloso! Con mi delantal negro en la mano, mi chequesito de liquidación y la verdad, con un poco de enojo porque no tenían razón para haberme despedido, salí caminando del restaurante y me dirigí a casa de mi prima para contarle lo que había sucedido. Al llegar, me topé con uno de sus vecinos; Juanito, que hoy ya es una personalidad famosa en la tv latina. Él me dijo que estaba trabajando en la redacción de una revista y que podría conseguirme una cita para hacer fotos para la misma. Me dieron un trabajo de prueba y a la semana yo ya tenía chamba nueva, mucho mejor pagada y trabajando tan sólo unas horas a la semana. ¡Todo el tiempo extra era para mi! Mi vida marchaba sobre ruedas. Sí, porque, además, mi medio de transporte era un par de patines que me llevaban de punta a punta en South Beach con singular alegría

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Juanito, ese ahora famoso personaje, uno de esos maravillosos domingos soleados me llamó por teléfono y me dijo: “Oiga, vamos a ir a la playa nudista. ¿Qué dice, se apunta?” (Me hablaba de usted por ser colombiano). Y como mi nueva costumbre era decir “acepto”, ¡pues que voy! Llegamos a Haulover Beach en Miami y caminamos obviamente a la parte gay. Ahí iba yo chancleando muy seguro con mi cara de “mucho mundo” pero de nervios porque era mi primera vez en ir a una de esas playas. Inmediatamente se empezó a ver el juego de pelotas en aquella mañana soleada. ¡Casi me tropiezo con una! Había un eufórico partido de bolley ball y entre tantas bolas yo ya no sabía para dónde voltear ni de qué trancazo cuidarme. Entonces Juanito, al ver mi “cara” de emoción, me preguntó si era mi primera vez en una playa nudista, a lo que tuve que responderle que sí. ¡Moríamos de risa! Nos recostamos en la arena, extendimos toallas y pareos de colores, sacamos nuestros “discman” (¡que retro!) y … ¡juro que me daba pena quitarme el traje de baño!


Con pena y con el poquito de pudor que no se en dónde lo tuve alguna vez, me quité el traje de baño y de inmediato me puse boca abajo. (Ay, ¡qué raro sonó eso!) Ja, ja. Ese día fue más de explorar el lugar y de arderme las nalgas por no usar bloqueador en mis partes nobles. El domingo siguiente, claro que yo quería volver a la playa nudista y entonces fui yo quien invitó a Juanito a ver el divertido juego de pelotas. Y aquí viene lo interesante….
Íbamos entrando a la playa gay, caminando entre ramas y plantas, entre arbustos y una que otra espina, cuando a lo lejos sobre la arena veo a un espectacular tipo desnudo recostado sobre su toalla. ¡Hasta el corazón se me agitó! ¡Casi se me para! (el corazón). ¡Era simplemente perfecto! Miguel Ángel hubiera corregido su David al ver a este sujeto con todos sus atributos. Le dije a Juanito: ¡Voltea! Esto es más fuerte que yo, ¡necesito ir a morderle las nalgas! Si no lo hago, me voy a arrepentir toda la vida. El colombiano moría de risa y se me quedaba viendo con una mirada perversa y alegre al mismo tiempo. Le dije: ¡Es perfecto! ¡Ese es mi David! A lo que él respondió: “Yo lo conozco y además, sí, se llama David”. ¡Wow! Yo insistía con el entusiasmo y la travesura de un niño chiquito en morderle una nalga. Entonces Juan me dijo seriamente: ¡Ve y muérdesela! ¡Lo conozco! Créeme que le va a dar gusto y, además, no te va a decir nada. ¡Te juro que no te va a decir nada! Tú ve a hacer lo tuyo que yo te voy a tomar una súper foto. Uy, mi cara y cada parte de mi cuerpo y espíritu se encendieron a mil. Recuerdo que dudé en si quitarme el traje de baño para ir al ataque o dejármelo puesto. Al final decidí dejármelo pero irme aflojando la agujeta… Ja, ja.

Literal: llegué hasta el hombre perfecto, puse mi toalla y mi maletita al lado de él controlando la temblorina del nervio y los latidos de mi emocionado corazón, contemplé por unos segundos su cuerpo perfecto recostado de espaldas, esperé a que Juanito se acomodara estratégicamente para tomar la foto y ¡zas! Me tragué mi frágil vergüenza ¡y que le muerdo la nalga! Él volteó calmadamente a verme y sonrió regalándome una mirada encantadora. Entonces le grité a Juan: ¡Toma otra! Y ¡zas! ¡a morderle la otra! No merecía que lo dejara incompleto. Yo moría de risa del nervio, y con la cara más roja que mis nalgas asoleadas de el fin de semana anterior, lo saludé y me disculpé por el atrevimiento. Le dije: lo siento, eres demasiado perfecto como para sólo verte y seguirme de largo. Él continuaba sonriendo y de pronto, poco a poco se fue incorporando (casi me da un infarto al ver lo perfecto que era, si no por dentro y por fuera (porque todavía no lo conocía lo suficiente), sí por delante y por detrás. Se inclinó, estiró su bien formado y bronceado brazo, abrió su maletita y entre bronceadores, cartera y llaves, sacó una libreta. La abrió y escribió: “Me llamo David y soy sordomudo. ¡Mucho gusto, guapo!”. Sí, igualito que ustedes me quedé helado, caliente y pasmado a la vez. Entonces, le arrebaté la libretita y le respondí en la misma hojita de papel: “eso te hace aún más perfecto, me llamo Salvador y me encantas”.

¡Pinche Juan! ¡Con razón me juraba que no me diría nada! El tipo resultó de una dulzura y cachondería inquietante, nos quedamos juntos un buen rato platicando a señas y papelitos, Juan se nos unió y nos quedamos los tres asoleándonos y conviviendo. Sí, al final sí me quité el traje de baño y no, no me fui con él hombre perfecto.
Esos momentos en que nuestra juventud y alegría interna se ponen a prueba, en que sientes que el mundo te pertenece, en que no tienes anclas ni prisa, en que cada instante es una nueva sorpresa… Esos momentos se quedan en nosotros para siempre.

La vida es el riesgo más maravilloso que podemos vivir, ser felices es el arte de saber escuchar a nuestra voz interior, de dejarnos llevar por nuestras corazonadas y de aceptar y enfrentar con optimismo y sabiduría nuestras consecuencias. A mi David no lo volví a ver, pero yo me volví cliente frecuente de esa playa nudista que me enseño a liberarme de tantos tonterías en mi cabeza y en mi cuerpo. Asolearme, caminar y nadar en bolas en esa playa se sentía como volar. Meses después le pregunté a Juanito: ¿No has visto o sabido nada de mi perfecto David? Sorprendido me respondió: “¿Cómo? ¿No supiste? Murió hace un par de semanas. Era VIH +, tuvo una neumonía y se le complicó”. Me quedé sin aliento, me senté por unos instantes en la banqueta mientras asimilaba la noticia, respiré profundo, giré la mirada al cielo y dije: “Gracias David por un momento inolvidable, gracias por cuidar de mi sin siquiera conocerme. ¡Ya eres libre y feliz! Eso fue lo que yo pude ver en tus ojos en el momento que me sonreíste por primera vez. Siempre lo supe, eras perfecto.”

La foto del post es la original de aquella mañana de domingo en la playa nudista. ¡Toda una joya para mi!

Por Salvador Núñez para Boy4ME

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