¿Qué soy? ¿Activo, pasivo o versátil?





En modelos machistas –como los latinoamericanos– las relaciones sociales todavía se centran en el pene como elemento de dominación. Cuentan los abuelos gays guatemaltecos, que a mediados del siglo pasado, la posición –en la cama– solía ser bocabajo para complacer a los hombres –digamos que– “heterosexuales” –casi siempre casados y borrachos– con quienes tenían encuentros furtivos. Con aquella idiosincrasia, parece que todos los homosexuales eran considerados pasivos, tanto así, que, a manera de insulto, les decían muerde-almohadas y a los “heterosexuales” que los hacían suyos, les correspondía el apelativo de sopla-nucas. Verse obligados a hacerlo de espaldas era un golpe directo a la autoestima, especialmente si se considera que en el reino animal –los seres humanos– somos los únicos que lo hacemos de frente, por la simple razón de dar cabida al beso como un elemento demostrativo de afecto. Claro que las penetraciones homosexuales, de frente, a veces pueden resultar un poco complicadas; pero, parece que el esfuerzo vale la pena, pues no hay como verse a los ojos, besarse y –hasta atreverse a– susurrar un “te amo”, aunque se trate del primer encuentro.

Pero volviendo al tema… resulta que, poco a poco, la evolución de la sociedad fue permitiendo que algunos homosexuales se resistieran a la obligación de “solo recibir” y así confrontaron el prejuicio para establecer la nueva casilla de los –homosexuales– activos, situación que, además de liberar un poco la presión –para quienes se esforzaban en aparentar heterosexualidad– también permitió a muchos reivindicar, por primera vez, sus derechos relacionados a las diversas masculinidades. En ese tiempo hasta se puso de moda usar pañuelos y algunos distintivos colocados peculiarmente en el vestuario, para hacer saber a los demás homosexuales: el rol sexual, los gustos especiales y hasta algunas excentricidades adicionales. Esos códigos secretos fueron utilizados como efectivos mecanismos de autoprotección social, pero a la vez fomentaron la creación de guetos donde se alimentó la homofobia interna como muestra del terror que les causaba la posibilidad de ser descubiertos; ilusamente algunos de ellos creían disimular su homosexualidad –frente a la sociedad en general– pero se veían tan peculiares que llamaban más la atención; en la actualidad todavía hay quienes justifican el delirio de persecución –que les hace negar su orientación sexual– diciendo cosas como que “en mi familia no saben nada de mi rollo”, “si me descubren me matan” o “no les daría ese sufrimiento a mis padres porque los amo demasiado”, cuando en realidad, la familia es donde primero se enteran y si no hablan de ello podría ser porque no saben cómo abordar el tema, en otros casos por respeto o, quizás, por homofobia familiar; sin mencionar los casos donde sí lo hacen, pero de forma violenta y cometiendo horrendos crímenes de odio, que tendríamos que discutir por separado.

Lo cierto es que el encasillamiento continuó y los roles de género se acentuaron al ritmo que fueron más visibles las familias homosexuales que –posiblemente sin estar conscientes de ello– con su ejemplo de vida en pareja exigían un trato igualitario; se esforzaban por mostrar su normalidad asumiendo labores y tareas según los patrones de comportamiento de las familias heterosexuales de la época. A finales del siglo XX todavía era muy marcada la tendencia de que uno de los dos tuviera un rol tradicionalmente femenino –mientras que al otro le correspondía la figura masculina– con todo lo que el machismo manda, incluido el rol sexual: el hombre penetra, grita, engaña y la mujer es penetrada, obedece y es fiel, además de abnegada. Por supuesto, sólo eran apariencias sociales porque en la intimidad bien sabemos que había diferencias sustanciales, que también han sido vislumbradas en estudios conductuales que nos hacen pensar que los “activos-activos” –o sea, los realmente activos– son pura ciencia ficción y que, en verdad, no hay mucha relación entre identidad de género y rol sexual.

Los flexibles, modernos, versátiles “o” universales aparecieron públicamente hace algunas décadas, como contracorriente a las rígidas –y mutuamente excluyentes– casillas de “activo” y “pasivo” que no correspondían a las necesidades y gustos de todos. Las normas estaban cambiando de nuevo y descubrieron que un hombre femenino no necesariamente tenía que ser pasivo. Poco a poco los masculinos también fueron aceptando que el masaje prostático les daba placer; entonces, la frase “no tengo problemas de estacionamiento” fue haciéndose cada vez más popular para referirse a la propia versatilidad.

Como era de esperarse, las normas siguen cambiando y los roles sexuales cada vez tienen menos importancia. Tan sólo hace unos cien años habría sido imposible pensar en mujeres-trans-lesbianas-activas, situación que todavía podría escandalizar a algunas personas que no han desarrollado la habilidad de adaptarse fácilmente a los cambios. Así, la obligación de tener que encajar forzosamente en una sola casilla (A, P o V), o en combinaciones más sofisticadas como Versátil-Activo, Versátil-Pasivo, entre otras, sigue siendo asfixiante, no solo por las implicaciones sociales que se desprenden del machismo, sino por la limitación a la espontaneidad, argumentos que nos hacen reflexionar al respecto de que los seres humanos somos mucho más que simples órganos de satisfacción sexual.

Entonces, ¿Qué soy? ¿Activo, pasivo o versátil?

FUENTE: Gay Guatemala




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