"El poder de decir: Soy Gay" - Roes en Boy4ME





Algo me ha rondado la mente últimamente, y no sólo la mente, sino también el corazón. Y es que cuando se trata de abrir la boca y hablar a uno se le hace fácil, pero cuando se trata de abrir tu corazón es cuando viene la parte difícil.


Venga, sí, este es un blog 100% dedicado a los lectores gay, lo cual da por de más entendido que este humilde autor es parte de esa comunidad tan rechazada aún por la sociedad. Y a pesar de eso, y aunque resulte increíble, mi orientación sexual sigue siendo ocultada para una cierta parte de mi entorno. Mi familia.


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¿Cómo es posible? Sí, aunque publico una columna semanal dentro de una revista digital dirigida al público gay, tengo un blog igualmente dedicado a ese sector de la población, y he tenido más novios que quizá cualquiera de ustedes, mi vida personal siempre la he mantenido aislada de mi núcleo familiar. Y aunque mi madre y mi hermana (las personas que más amo en la vida) lo saben desde que yo mismo me di cuenta de ello, la otra parte de mis seres queridos siguen sólo haciendo suposiciones.

Durante años he sido objetivo de las típicas preguntas familiares. Mis primos y primas se están casando, teniendo hijos, formando una familia… ¿Y tú para cuándo? ¿Y la novia? Mi respuesta siempre fue la misma, que me importaba mucho más mi futuro profesional que sentimental, que estaba tan enfocado en lograr mis metas y objetivos, en ser exitoso, que el amor pasaba a segundo plano. Y no mentía, pues sigue siendo de la misma forma, sólo que el sentido que yo le doy a esas palabras no era el mismo que ellos entendían.

Quienes me conocen saben que crecí en una familia unida, regia… y demasiado católica. Y como tal, mi adolescencia se vio influenciada por las enseñanzas de todos los santos, vírgenes y por supuesto, por Dios. Lo que me hizo cuestionar una y otra vez si lo que estaba sintiendo era digno de mi religión o de plano me enviaría directo al infierno. Hoy sé que no existe un infierno como tal cuando el único “pecado” que cometes es amar y ser fiel a ti mismo.

Aunque suene extraño, soy uno de los pocos que siguen siendo católicos, que siguen dentro de una religión, soy de esos que van a misa cada domingo, que se confiesan y que a pesar de lo mucho que la comunidad gay esté en contra, cree fervientemente que el Dios que todos conocemos es bondadoso, amoroso, y que nos creó a todos por igual.

Mi intención jamás fue ocultarlo ni ocultarme ante aquellos que más amo, quizá, el error que cometí fue el de omisión, porque al callar confirmas, porque al no decir nada das pie a que se hagan suposiciones y se creen rumores. ¿Qué mi familia lo ha sospechado por años? Estoy seguro de eso, lo único que necesitan es una confirmación por mi parte, misma que, a pesar de mis publicaciones semanales, aún no ha sido directa.

Yo mismo pasé años negándome a mí mismo, aún cuando media ciudad sabía acerca de mí. Yo mismo me negué el derecho a ser completamente libre, y me lo he seguido negando, hasta ahora. Lo hice con mi familia, lo hice con nuevos amigos y lo hice también con los lectores. Como muchos de ustedes saben, soy escritor, hago libros, desarrollo historias y creo fantasías que no van dirigidas a un solo tipo de público. Y al pensar en ello el miedo entró de nuevo, ¿me leerán hombres y mujeres heterosexuales sabiendo mi preferencia sexual? ¿Se conectarán con una historia de amor hombre-mujer aún cuando el autor tiene una preferencia por la gente de su mismo sexo? ¿Podrán valorar mi trabajo sabiendo que quizá la fantasía de una historia no viene de la mano de una experiencia propia? Las dudas y tormentos no dejaron de cesar.


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Hace unos días me llegó un correo de un chavo de 19 años diciéndome que no había tenido el valor para hablar con su familia de sus preferencias, que tenía miedo, pero que leerme cada semana le había dado la seguridad que necesitaba para aceptarse y vivir libre. Agradeciéndome por vivir una vida abiertamente gay (y pública) que alentaba a otros a hacer lo mismo. Así que me pregunté a mí mismo… ¿Cómo puedes tener miles de lectores que se conectan contigo cuando tú no te conectas contigo mismo? ¿Con qué cara les pides que sean honestos cuando tú no lo eres al 100%? Por esa razón estoy escribiendo esto. Porque si predico hablar con la verdad, la opinión cruda y un valemadrismo auténtico, tengo qué hacerlo de forma completa.

¿Se han fijado? Lo que quiero decir ha estado implícito en cada frase, en cada párrafo, pero aún me ha costado decirlo… El miedo sigue, pero las ganas de provocar un cambio, de empezar a hacer la diferencia y de ser fiel a mí mismo son más grandes. Así que para aquellos que tenían sus dudas… Sí, soy gay. Y ser gay no me hace menos talentoso, no me hace menos hombre, y más importante aún, no me hace menos humano. Sigo siendo el mismo que todos conocen, loco, aventurero, nómada, raro, ñoño, desmadroso en ocasiones y amoroso, pero el mismo tipo a fin de cuentas.

¿Dios me odia? Estoy seguro de que no. Y aunque sé que el riesgo de las críticas tanto familiares como por parte de la gran comunidad de fans lectoras que son fieles a mi blog se puede hacer presente, prefiero seguir escribiendo con la mente y el alma tranquilas. Total, Katzenbach no era un psicópata, Kafka no era un bicho, Stoker no era un vampiro y Follet jamás construyó una catedral, los escritores más renombrados no basaron sus más grandes obras en sus vidas personales, y aunque las amemos no dejan de ser ficción.

Amo a todos y cada uno de los miembros de mi familia, con defectos y todo, porque no hay familia perfecta, porque nadie somos perfectos, porque ni yo ni ninguno de ellos lo es. Así que si mi familia o la familia de alguien homosexual me están leyendo los invito a pensar… ¿Qué vale más? ¿El amor incondicional de alguien que siendo gay los ama y los acepta, o sus creencias, moral y orgullo que puede impedirles ver que el amor sigue siendo amor a pesar de tus preferencias sexuales?

Y ahora sí... ¿Quién dijo miedo?

Por Juan Carlos Roes para Boy4ME

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